El mar; su inmensidad. Una belleza sobrecogedora rodea a un pequeño barco
pesquero. Una eternidad alrededor y una bella mañana de calma.
Sin que su capitán ni su tripulación lo sospechen siquiera, dos monstruosas
tempestades están por encontrarse. Una, de origen frío en el continente y otra, de
origen caliente, desencadenarán un fenómeno meteorológico de tormenta: unas
olas de más de veinticinco metros de altura que hacen estragos en yates y barcos
contenedores que son azotados. Y que se acerca al Andrea Gail donde los
marineros llenan las bodegas con la pesca.
Por radio les avisan desde la costa, pero sin medir las consecuencias ni saber la
magnitud del fenómeno, deciden enfrentarla. Solos ante el peligro, la lucha entre
la tripulación del Andrea Gail y las poderosas fuerzas de la naturaleza desatadas
en esta gran tormenta es épica.
Así podría resumirse este relato. En este caso, La tormenta perfecta, una película
que me quedó resonando desde que la vi. Porque esa historia puede ser la
metáfora de nuestras propias historias. Porque muchas veces no detectamos el
peligro o no medimos las consecuencias que nos llevan a ver una realidad y a
tomar decisiones. Cada uno de nosotros enfrenta su propia tormenta perfecta,
aquella en la que se combinan distintos factores para crear un escenario del cual
parece que no podemos salir ilesos.
La tiranía de la belleza de la que hoy somos protagonistas, y espectadoras pasivas,
se viene formando ya desde hace un tiempo, como esta tormenta. Y son al menos
cuatro factores los que lamentablemente conviven para empujarnos a ese lugar:
el discurso de los medios de comunicación; la creciente epidemia de “dietismo”; un ideal
de belleza inalcanzable; y un modelo cultural reinante validado por la sociedad y muchas
de sus instituciones (incluida la familia).
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